San Mamés engulle al Atlético en dos minutos
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En el fútbol moderno en el que las pausas de hidratación han convertido el fútbol en partidos de cuatro cuartos, resulta una bendición que aún se mantengan tradiciones eternas como una Catedral. San Mamés conserva su esencia, así que toda visita es sinónimo intensidad, pierna dura y vértigo. Y al que no lo asuma, lo atropella. Dos minutos de desconexión, despiste o relajación tras el descanso fueron suficientes para que un Atlético mejor en el primer tiempo moridera el polvo ante un Athletic agrandado por el ambiente que se genera en su caldera.
Habían ganado claramente a los puntos los de Simeone desde el inicio. Ni tres minutos había necesitado Kang-in Lee para hacerle un roto a Yuri, romperlo con la izquierda antes de disparar con la derecha y estrellar su disparo en el palo. También Baena campaba a sus anchas, atreviéndose a disparar desde su campo para sorprender a Unai Simón, primero, y exigiendo manos duras ante su trallazo más tarde, después de una gran asistencia del surcoreano.
Incluso Yeray metería su cabeza (en la segunda parte ya no podría jugar tras quedar aturdido de un golpazo con Hjulmand) milagrosamente para evitar que Kang-in patente la parábola hacia adentro con la que sentenció al Málaga en su debut. Justo antes de que Barrios ratificara la superioridad del Atlético con otro disparo al palo tras irrumpir por la derecha cual extremo.
Sin embargo, en dos minutos el Athletic aplicaría la ley San Mamés. Tras una salida en tromba, en el 47’ ya tenía encarrilado el duelo. Los Williams tocaron corneta y se llevaron por delante al Atlético. Así, mientras que la mitad de los visitantes reclamaban un saque de banda (la tecnología ratificaría que Sancet había salvado que el balón traspasara la línea), Iñaki ya corría hacia Oblak. Hancko trataría de tapar su disparo, pero con tan mala suerte de que el balón se quedara como un caramelo en el área pequeña. Por donde aparecería como una centella su hermano Nico, más voraz que un Llorente que no lo vio venir, para empujar de cabeza.
Tampoco sus compañeros, pues una pérdida en el centro del campo, prácticamente en la misma zona desde la que Sancet había lanzado la ofensiva del 1-0, volvería a ser el origen del segundo. Con Iñaki de nuevo como conductor, Robert Navarro sería su socio en otro vertiginoso visto y no visto que acabaría con un Atlético de miranda. El extrremo se haría un llavero con Grimaldo antes de evidenciar lo que es San Mamés: pese a no haber tirado a puerta en toda la primera parte, los dos primeros disparos irían a la jaula.
sin reacción
Trataría Simeone de devolver la vida a los suyos con un cuádruple cambio en el minuto 58, pero aquello ya no había quién lo levantara. Ni siquiera Julián Alvarez, ya reintegrado a la normalidad. Pero ni por esas. Pese a su propósito de encontrar la redención en los tres duelos a domicilio anteriores a que tenga que volver a someterse al juicio del Metropolitano, su mejor maniobra tampoco tendría premio. Se había revuelto como antaño al borde del área, pero su disparo sería repelido por un seguro Unai Simón. Una metáfora, en todo caso, el quiero y no puedo en que se había convertido el Atlético, al que tampoco le alcanzaría el cambio de sistema, con el Cuti Romero incluido en la defensa. De hecho, mientras se estrellaba en el muro local, aún sufriría sobre la bocina otra contra letal que aumentaría el castigo. Es San Mamés, uno de esos estadios míticos, como Anfield el próximo miércoles, en el que una desatención se pafa muy cara





